EL BAILE, de Rafael Sáenz de Cabezón

Avui recuperem un relat, amb un punt macabre ;) del segon recull "Més petits grans relats" (Mataró, 2015). Una bona mostra del que es pot fer amb menys de 2.500 paraules (1.206, per ser exactes).

EL BAILE

Rafael Sáenz de Cabezón

 

El abogado defensor ―un abogado de oficio― se levantó con parsimonia y se dirigió al jurado:

―Mi cliente se niega a hablar. Solo repite que es culpable y no tiene ningún interés en que la defiendan. No he logrado sacarle nada más. Como ha indicado el señor fiscal, las evaluaciones psiquiátricas a las que se ha sometido confirman lo mismo: está cuerda y es responsable de sus actos.

El abogado se acercó a su banco, cogió un cuaderno que tenía las tapas manchadas y se dirigió al juez:

―Su señoría, con su permiso, voy a leer varias páginas de su diario:

 

1 de Septiembre:

Ayer mi Tuno estaba un poco enfermo. Le llevé al veterinario del pueblo y me dijo que tenía un virus. Le puso unas inyecciones y hoy se siente mejor. Mi marido ya no quiere saber nada de él desde hace un par de años, desde que se rompió una pata y ya no puede correr como antes. Ya no sirve para cazar. El Tuno era muy buen cazador. Tenía un olfato increíble, era listo, pícaro, por eso le puse de nombre Tuno. Le he pedido muchas veces a mi marido que se lo lleve de caza con los otros dos perros que tenemos pero siempre se niega, y el Tuno se acaba quedando solo conmigo, triste.

 

3 de Septiembre:

Hoy el Tuno se encuentra mejor. De nuevo he tenido una bronca con mi marido porque dice que ya está harto de que duerma a los pies de la cama. No pienso ceder. Es mi perro, es un gran perro, cariñoso, fiel. Es la alegría de mi vida.

 

6 de Septiembre:

Ha recaído. Le ha vuelto a subir la fiebre. Mi marido me ha gritado de nuevo. Dice que ya está harto de todo el trabajo que da este perro. Que no sirve para nada y quiere llevárselo a la perrera. Jamás. Jamás dejaré que lo haga.

 

7 de Septiembre:

El Tuno ha vomitado sobre la alfombra y mi marido se ha puesto furioso. Iba a pegarle con un palo, como si el pobre animal tuviese la culpa. Le he agarrado el brazo y me ha pegado a mí. No me había pegado desde hace más de un año, cuando me juró que no lo volvería a hacer si retiraba la demanda. No puedo más. Siempre está gritando y continúa amenazándome con la perrera.

 

8 de Septiembre:

Está mejor. Ayer, mientras tendía la ropa, correteaba a mi alrededor y jugaba con la pelota de plástico que le compré. Me la acercaba, yo la cogía, la tiraba lejos y él la iba a buscar y me la traía. Ya vuelve a ser el de antes.

 

9 de septiembre:

Ahora el que está enfermo es el perro favorito de caza de mi marido. El veterinario le ha explicado ya tres veces que el Tuno no tiene la culpa. Que no le ha contagiado nada. Que tiene otro virus distinto. Pero no se lo cree. Dice que se pone de mi parte porque le gusto. El veterinario le ha dicho bien claro que pasado mañana no estará bien, que aún no podrá cazar. Mi marido ni le escucha. Insiste que tiene que salir a cazar pasado mañana sea como sea. Es la cacería más importante del año, todos sus amigos van a estar ahí y él no puede faltar con sus dos perros.

 

11 de Septiembre:

Mi marido no ha podido salir de caza. El otro perro también ha cogido el virus. Ahora sí que no puede echarle la culpa al Tuno. El veterinario le dijo bien claro que los mantuviese separados. Pero mi marido estaba con tanta mala leche que no le prestó ni la más mínima atención. Está furioso y ya ha roto dos platos. No para de gritar y de acusar al Tuno. «Ese chucho de mierda que no vale dos duros». No sé cómo se atreve a decir eso. Sabe que es el mejor perro que ha tenido. Así de claro se lo dije y me escupió en la cara. Cogí la puerta y me largué. Me fui a misa sola. Hacía mucho tiempo que no iba a misa.

Cuando volví no estaban ni el Tuno ni mi marido. Le llamé al móvil. No contestó. Comí sola y él regresó a media tarde.

―¿A qué perrera lo has llevado? ―le pregunté.

Y se puso a reír. Creo que había bebido.

―No me hace ninguna gracia. Dime a qué perrera lo has llevado. No me hagas dar vueltas y más vueltas.

Y se puso a reír aún más fuerte.

―Pero cariño, ¡cómo le voy a hacer eso a tu Tuno! A nuestro Tunito. Sabes que yo le quiero mucho. ¡Cómo voy a enjaular al mejor perro de caza que he tenido jamás!

Se estaba burlando de mí. Sabía el daño que me hacía y eso le hacía disfrutar. El muy cerdo.

―Dime la verdad de una puñetera vez ―le dije.

―Pero si te la estoy diciendo, amorcito ―continuó―. Tu Tuno se ha ido de juerga. Ya sabes lo juerguistas que son todos los tunos. Se ha ido a bailar. Aunque se rompió la patita hace un año aún baila muy bien. Lo he visto con mis propios ojos. Ahí estaba, en el bosque, feliz, bailando, como un auténtico tuno.

Cogí las llaves del coche y me dirigí hacia la puerta.

―¿No te lo crees, reina? ¡Joder, pues compruébalo por ti misma! Coge el camino del monasterio, gira a la izquierda cuando empiece el bosque y continúa andando unos seiscientos metros. Estoy seguro de que aún está ahí. Aunque se debe haber cansado de tanto bailar.

Su carcajada me dio miedo. Y después asco, mucho asco.

La rabia me comía por dentro. ¡Abandonar al Tuno en el bosque! Estaba segura de que sabría volver solo a casa. El Tuno era muy listo. Salí a buscarlo de todas formas.

Me llevé el silbato y lo utilicé varias veces. El Tuno no aparecía. Seguí por el camino que me indicó mi marido. Me metí en el bosque y continué andando. Volví a utilizar el silbato. Nada. Después de una hora finalmente lo encontré. Allí estaba. Mi perro. Mi Tuno. Balanceándose ligeramente por la brisa. Colgado por el cuello de la rama de un pino.

Cuando llegué a casa mi marido estaba cortando jamón con el cuchillo. Siguió concentrado. Cuando me oyó llorar me miró y sonrió:

―Pero mujer, no llores. ¡¿A qué tuno no le gusta el baile?!

Y me explicó con detalle lo del baile. Me lo demostró con un trozo de cuerda. Cuando ahorcó al Tuno se aseguró de que con sus patas traseras pudiera llegar hasta el suelo. De que apenas lo pudiera tocar. Lo suficiente para que intentase saltar sin lograrlo. Para que pudiese bailar.

―Tengo que reconocer que tu chucho era un gran bailarín. Le puso mucha energía. Se agitó un buen rato. Me dio tiempo de fumarme un par de pitillos. Cuando me fui el chucho continuaba dale que dale, aunque ya empezaban a flaquearle las fuerzas.

Soltó una última carcajada, acabó de cortar el jamón y dejó el cuchillo sobre la mesa.

 

El juez escuchó pacientemente toda la lectura y después preguntó:

―¿Tiene la defensa algo más que añadir?

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